Nos vamos a dar una vuelta

Nuestros Viajes

Un Visado Complicado

Antes de salir de España, los dos subieron a Madrid desde Valencia para ir a la embajada de China con la intención de solicitar el visado. Fueron con todos los requisitos preparados, rellenados, impresos y, un par, falseados, los vuelos de salida. La preparación de dichos papeles fue un trabajo tedioso y, más de una vez, estuvieron a punto de tirar la toalla por todas las cosas que pedían, sobretodo, porque algunas de ellas eran realmente una parida. Llegaron a la hora de la cita y les tocó la china más amargada de todas las chinas que había en Madrid. La mujer era como el resto de las que estaban tras la ventanilla atendiendo a otras personas, bueno, menos la española; pelo lacio negro, tez clara casi enfermiza, cejas pobladas y negras. Vestían una camisa blanca y estaban estiradas y rectas como un palo de escoba. Les pidió todo, algunos papeles los miró por encima y se los devolvió, lo que les tocó mucho las narices a ambos – “¿para qué tanto pedir si luego no lo tenéis en cuenta?” – Pensaron ambos para sus adentros mientras sacaban su mejor sonrisa para tratar de ganarse la confianza de “Margaret”, mote amistoso, que se ganó la chica – “Necesito el vuelo de entrada a China” – “Vamos a entrar por tierra, por el Transiberiano” – Contestó Juan – “Es necesario un vuelo de entrada” – Repitió Margaret – “Pero… vamos a entrar por tierra” – Repitió Tania perdiendo la sonrisa – “Necesito un vuelo internacional” – Seguía ella en sus cosas – “¿Dónde empezáis el Transiberiano? ¿Por Moscú?” – Ellos asintieron con cara de incredulidad ya que se temían lo que iba a pedirles – “Necesito el billete a Moscú” – “Pero vamos a ver ¿qué tendrá que ver cómo entremos a Rusia con la entrada a China?” – Esta vez era Juan quién perdía la sonrisa – “Sin ese vuelo no os cojo los papeles” – Dijo aún más seca de lo que había sido desde el principio mientras les tiraba con desgana los papeles que le habían pasado por debajo del cristal que les separaba de ella. Tania y Juan bajaron la cabeza, pero la vista la dejaron fija en Margaret. En un visto y no visto, Juan sacó su puño derecho del bolsillo con una llave en su mano asomando entre los nudillos. Golpeó el cristal que les separaba de la secretaria y este estalló haciéndose añicos ante la mirada atónita de todos los presentes. Cuando el guarda de seguridad se acercó violentamente blandiendo la porra extensible en la mano, Tania le agarró por la muñeca y, con un rápido movimiento que retorció el brazo del agente, hizo que este diese una voltereta sobre sí mismo en el aire y cayera al suelo sobre su espalda. En todo esto, Juan agarraba a Margaret de la camisa y la levantaba por los aires para, una vez en el suelo… – “Muchas gracias por su ayuda” – Decía Juan volviendo a la realidad recogiendo los papeles y, muy ofuscados ambos, se fueron por donde habían venido. Aquel vuelo que les pedía la “dulce” trabajadora de la embajada aún no lo tenían comprado porque de haber sido así, lo hubieran entregado sin problema. Lo que no entendían era ¿por qué tanto problema? ¿por qué no coger los trescientos euros que les valían las dos visas y dejarles entrar? Ese tipo de cosas era lo que no entendían de estos asuntos. Se marcharon y no sabían si volverían a intentar pedir la visa en Mongolia o pasarían de China.

“Juan, tengo 38.7º” – Tania, tumbada de nuevo en la cama del segundo hotel de Ulan Bator, se sacaba el termómetro de la boca y se lo enseñaba. La noche anterior, en Terelji, no había pasado frío, pero el trajín de esperar para coger un bus desde allí hasta la capital Mongola le hizo empeorar un poco en su estado gripal – “Pues nada, hoy toca cama mirar por la ventana las obras de enfrente y descansar. Yo voy a salir a ver si te compro algo en la farmacia para el resfriado, algo de comer y a ver si encuentro jengibre, miel y limón, que te vendrá bien” – Decía Juan mientras le daba un beso en la frente para notar el calor en sus labios.

A la hora regresó con los recados hechos. Tania no estaba mejor, incluso habiéndose tomado un paracetamol, la fiebre no había bajado. Un catarro así en casa, no es nada significativo pero, a diez mil kilómetros de ella, cualquier simple resfriado, era una preocupación añadida y más si había fiebre, y más si era en Tania que, de normal, no se ponía enferma y menos, con fiebre. Decidieron que lo mejor era que hiciera reposo, se tomara la medicina comprada y la infusión de jengibre con miel y limón.

“¡Hola chicos! ¿por dónde estáis?” – Les preguntaba Jesús por mensaje al móvil para ver si estaban ya en Karkorin – “Me voy a hacer un tour de un par de días a caballo por la montaña con el grupito que conocí en Ulan Bator. A la vuelta, si acabáis lo de China y si os apetece venir a Karkorin, nos vemos por aquí. Cuidaros…¡Ah! por cierto estoy alojado en Gaya´s Guest House” – El lugar en el que estaba Jesús era un destino que tenían en mente pero, lo que más importaba en ese momento, a parte de que Tania se pusiera buena, era conseguir los dichosos visados para China o buscar una alternativa. Una de ellas era la de pedir un visado de tránsito para estar al menos setenta y dos horas y no perder los billetes comprados a China. Así pues, Juan se calzó las botas y puso rumbo a la embajada pasando por lo más representativo de la ciudad, la plaza de Genggis Khan.

El mismo hombrecillo que habían visto en internet, uniformado como guardia de seguridad, de unos cincuenta años y con gafas, sostenía en su mano derecha un folio escrito a mano en el que ponía exactamente lo que ya sabían – “ I would like hablar con alguien para preguntar un par de cosas” – Le dijo Juan al de seguridad – “No visa for tourist” – Le respondió sin mirarle a la cara a la vez que le ponía el papel en los morros – “No i don´t quiero pedir la visa, solo busco que me resuelvan unas dudas” – “No visa for tourist” – Volvía a repetir el hombrecillo. Parecía que no supiera decir otra cosa – “No visa for tourist” – El tipo seguía en sus trece y por mucho que le preguntara cosas, la respuesta iba a ser la misma – “No visa for tourist”. De aquella situación sólo sacaría dolor de cabeza – “Can i help you?” – Resonó tras de sí. Una mujer de rasgos mongoles le ofrecía su ayuda. Le explicó su situación y que solo quería preguntar por la visa de tránsito. La mujer le tradujo al de seguridad. Don “No-Visa-For-Turist” no sabía nada de eso pero añadió que lo mismo en la puerta principal le podrían informar. Fueron pues a dicha puerta, allí no había nadie más que un par de hombres con dos rifles de asalto montando guardia. La señora llamó a un telefonillo y cuando le respondieron les mandaron de nuevo donde el de seguridad. Tras agradecerle la ayuda a aquella mujer, Juan empezó el camino de regreso al hotel – “¡Qué coño! yo no me voy de aquí sin hablar con alguien” – Pensó. Se detuvo, sacó el móvil, buscó en internet el teléfono de la embajada. Aparecieron doce números – “¡Va! este mismo” – Le saltó en seguida una locución en chino, esperó, esperó, esperó… Algo parecido a “Nihao” fue lo único que entendió de lo que, al fin, le dijo un ser humano. No sabía con qué sección estaba hablando pero igualmente le expuso su problema. El chino le empezó a decir lo mismo que ponía en el dichoso folio – “Sorry but, no te entiendo bien, mi móvil está un poco roto ¿Podemos vernos ahora para entendernos mejor?” – El hombre calló un instante como si calibrara la posibilidad de verse – “Are you cerca?” – “In the puerta principal” – “Ok, ahora salgo” – Juan respiró aliviado, pero no triunfal.

En la puerta apareció un hombre no más mayor que él que le invitó a pasar a una garita en la que había un sofá, un montón de cajas apiladas por todas partes y garrafas de agua. Una vez sentados Juan le preguntó por el visado de tránsito. Tenían setenta y dos horas para estar en China pero deberían salir del país por el mismo sitio por el que entrasen – “We have el billete de entrada a Pekín y el de salida desde Shanghai ¿qué otra opción tenemos?” –  Le informó que podían conseguir la visa normal si traían un papel firmado por la embajada española que justificara que eran… españoles – “Really? but para eso tenemos el pasaporte” – El hombre asintió con cara de pena – “Yes I lo sé pero es una nueva normativa, no depende de mi” – Se excusaba al tiempo que mostraba las palmas de sus manos hacia arriba y las volvía a juntar entrelazando los dedos – “You just necesitas ir a la embajada española aquí en Ulan Bator para solicitar ese papel” – “No hay embajada española en Mongolia, pero veré qué puedo hacer. Gracias por recibirme”.

Juan salió con una sensación agridulce, sabía que podían hacerse con la visa pero no sabía cómo conseguir ese papelito absurdo que le requerían para demostrar que eran… españoles.

“¡Menuda gilipollez!” – Exclamaba Tania cuando Juan se lo hubo explicado todo. Ella se encontraba mejor, la fiebre le había bajado un poco pero la sensación de estar dentro de una botella y las molestias de garganta no le habían desaparecido aún – “Pues nada ¿qué hacemos con China?” – “Ni idea Tania. Tenemos dos opciones, ver si podemos cancelar los vuelos y vamos directos a Japón o ponernos en contacto con quién sea en España para que nos manden ese papel firmado por mail pero…” – De repente sonó el teléfono de Juan. Ambos se miraron extrañados, no le habían dado el número mongol a nadie y en la pantalla aparecía como número oculto – “Hello?” – Contestaba Juan – “Hello Juan…” – “Es el chino de la embajada” – Le dijo a Tania susurrando y tapando el micro del teléfono – “…me parecía raro que no hubiera embajada de España en Mongolia y realmente no la hay pero, sí que hay una Cónsul Honoraria. Es Mongola y habla español. He hablado con ella hace un rato y me ha dicho que la llaméis en seguida. Hoy ya no os da tiempo a presentar los papeles en la embajada China pero pasado mañana miércoles abrimos a las nueve y media, bueno estad antes porque habrá gente seguro. Suerte” – Juan estaba sorprendido con el hombre aquel que se había tomado tantas molestias en echarles un cabo. Le agradeció mucho su ayuda y en seguida llamaron a la Cónsul que les citó para ya mismo.

Bajaron del taxi a las puertas del edificio de la Cámara de Comercio y subieron a la oficina de la Cónsul. Las secretarias les hicieron esperar sentados y al poco apareció una mujer hablando con un hombre en Mongol, les miró de reojo y al comprobar que no eran de allí volvió a mirarles – “¿Eres Juan?” – Él afirmó y les hizo pasar a su despacho. Era una mujer con un rostro afable, de media melena que le caía sobre los hombros, era alta, corpulenta y su tono de voz hablando, un peculiar español, era melódico – “Estoy tan sorprendido de esta nuevo requisita como vosotras, pero son sus exigencios, aunque sean raras, hay que hacerlos” – Les decía mientras cogía sus pasaportes para que la secretaria les hiciera la fotocopia que ella firmaría y sellaría – “Este es tan sola lo que quieren. Acaba de hacer lo misma a otra español…” – Se calló un segundo con cara pensativa – “…a otro español mejor dicha.” – Se corrigió sonriendo por la equivocación y continuó preguntándoles acerca de Mongolia y el viaje que estaban haciendo. Al rato salieron, esta vez sí, triunfales a la calle pero aún así tenían la mosca tras la oreja por lo que les pudieran pedir el próximo miércoles.

Todo iba cuadrando más o menos. Tenían que estar dos días en Ulan Bator para presentar los papeles pero no tenían la sensación de estar perdiendo el tiempo pues le venía bien a Tania para descansar y ponerse buena, el próximo sitio a visitar estaba al norte y allí haría más frío, por lo que curarse bien era fundamental.

“Aquí es Tania” – Indicaba Juan señalando un cartel en mitad de la calle que decía “Restaurante Luna Blanca”. Se trataba de un restaurante vegano que prometía algo de comida que no fuera carne, pasta o pizza. Mientras disfrutaban de una deliciosa comida, entró en el local un chico occidental, delgado, de cabeza rapada que vestía con una camisa blanca y unos pantalones beige de explorador.

Se sentó con el menú y en seguida se acercó a la barra para pedir – “Parece francés” – Dijo Juan – “No, es Español y me da que vive aquí y conoce esto bien” – Dijo Tania. Al rato, Juan que lo tenía de frente, le dijo a Tania que le parecía que el explorador se había quedado dormido o que estuviera meditando sentado en la silla, ella miró de reojo, les pareció un tío curioso pero siguieron a lo suyo. Cuando se disponían a salir él se les acercó – “¿Sois españoles?” – Les dijo. Tania resultó tener mejor ojo que Juan para saber de dónde era pero no acertó con lo de que viviera allí.

Rubén, que era como se llamaba, era de Valladolid y llevaba siete meses viajando por Oceanía y Asia. Después de Mongolia volvería un par de días a China y de ahí saldría a la India para recorrérsela hasta que se cansara. Estuvieron un buen rato hablando con él. También estaba escribiendo un blog, pero el suyo era más personal y espiritual, se llamaba: “De Viaje a Mi Interior”. En él, relata cómo las experiencias de ese viaje le iban cambiando por dentro tanto en lo personal como lo espiritual. Rubén era un tío que transmitía mucho y vieron algo en él que les atrajo. Les dio la impresión de que no era el típico viajero en solitario que va por el mundo de forma arrogante o presumiendo de lo vivido, sino una persona sincera, que buscaba el contacto con la gente y con los lugares para encontrarse así mismo, aprender y crecer como persona. Juan también le pasó su blog y pensaron seguirse por ahí. Al poco se despidieron de él – “Qué tío más guay” – Pensaron ambos. Juan se lamentó de no haberle pedido otra manera de contactar con él pero intentarían hacerlo mediante su blog.

“Revisemos que lo llevamos todo” – Decía Tania – “Fotocopias del pasaporte” – “Aquí” – Respondía Juan – “Fotocopia del billete de entrada y salida” – “Aquí y aquí” – “Ruta detallada de los sitios que vamos a visitar; reservas de hoteles; hoja rellenada e impresa de la solicitud; extracto bancario; muestras de orina, heces y sangre – “Aquí, aquí, aquí, aquí y les dejaré los calzoncillos para que cojan las muestras de ahí” – Contestó Juan sonriendo – “Qué asco!” – Dijo Tania entre risas.

“¿Queda mucho?” – Preguntaba Tania ansiosa por llegar. El camino a la embajada no fue largo, pero las ganas de llegar y acabar de una vez por todas con esos papeles se volvió una necesidad y el fresco que hacía, una molestia. Veintiocho minutos antes de que abrieran la puerta de la embajada, ésta se encontraba rodeada de gente esperando. Por un lado, como había ordenado el de seguridad, los occidentales, haciendo más o menos un cola con un orden; en el otro, una maraña de mongoles se apelotonaba contra la puerta colándose unos sobre los otros cuando alguno se despistaba. La espera se empezaba a alargar demasiado y seguían llegando personas, nacionales y extranjeros, que se sumaban a la cola. Un grupo de alemanes guiados por una mongola se arremolinaron como un grupo de abejas alrededor de la reina. Sacaban bolígrafos de todos los bolsillos y empezaron a rellenar los formularios que les facilitó el hombrecillo de la entrada – “¿Estos que entrarán, por la parte de extranjeros o de nacionales por ir con la guía?” – Lanzaba la pregunta al aire Juan. Tania se encogió de hombros y siguieron esperando. Una media hora después las colas ya no eran colas, ni en un lado ni en otro, todo el mundo sentía que en seguida iban a abrir la puerta y se iban juntando aprendiendo de los mongoles para coger el mejor puesto. Pero aquello era un embudo y había que aguantar los empujones de los de atrás como fuera y evitar que algún local se colase y eso era tarea difícil pues llevaban años usando técnicas especiales para ello. Juan decidió llamar al chino de la embajada a ver si él podía pasarles pero les tocó seguir esperando. De repente, entre las conversaciones de todos los presentes, una voz, en un inglés “alemanizado” llamó la atención de Tania y Juan – “Fill the formulario con boli de color negro, azul no vale” – Juan miró su formulario – “¡Joder, yo lo tengo en azul!” – “¡No creo que te vayan a denegar la visa por eso!” –  Ambos se miraron no muy convencidos de las palabras que acababa de soltar Tania pero la puerta se abrió y la gente empezó a empujar más de lo normal y el color del boli pasó a segundo plano. Todos querían entrar y lo querían hacer ya y a la vez. El guardia solo dejaba pasar de diez en diez de un lado y de otro. La gente se movía lo justo para que se pudiera pasar pero sin perder su posición en la maraña. Apareció una mujer bajo el marco de la puerta y a ellos les pareció entender algo así como – “Spanish please” –  Pero al ver entrar a un hombre que había levantado la mano, con un libro de teología en su diestra, no cayeron en que, en realidad, habían preguntado por ellos dos. Al rato, Tania estaba ya cara a cara con el de seguridad, la próxima en entrar sería ella y, cuando así lo hizo, agarró por la muñeca a Juan y tiró de él con fuerza para dentro. Por fin habían conseguido entrar pero aún tenían que hacer una cola más para ser atendidos en ventanilla.

Quedaba una hora para que oficina de entrega de solicitudes cerrase y la cola de dentro no se movía lo más mínimo y los mongoles que iban entrando, se iban colando descaradamente hasta que, entre todos los extranjeros allí presentes, pusieron a más de uno en su sitio. Durante la espera, Juan volvió a rellenar la solicitud pero esta vez en negro apoyado en una mesa de la sala.

Cuando se acercó de nuevo a Tania, estaba hablando con un hombre de negro, con barba corta y cuidada y que portaba el libro sobre teología en su diestra. Francisco efectivamente era cura y de Salamanca. Llevaba unos tres años en Mongolia, antes había estado diez y ocho en Japón y otros tantos en China. Para él, no era la primera vez que pedía el visado pero sí lo era con la nueva condición y, efectivamente, había entrado en la embajada cuando preguntaron por los españoles. Le pareció raro pero aprovechó para entrar aunque, como le faltó por rellenar un papel, tuvo que ponerse de nuevo a la cola. Tania y Juan temieron que les pasase como a Francisco así que empezaron a contrastar los papeles que llevaba él con los que tenían ellos y rellenaron de nuevo el formulario en color azul. Cuando llegaron a ventanilla lo dieron todo más una enorme sonrisa. La mujer que estaba detrás del cristal parecía seria pero, esbozó una media sonrisa cuando Juan le hizo una broma tonta acerca de su profesión, de la que no ejerce, fotógrafo – “¡Mira! te ha sonreído. Le habéis caído bien, qué proeza” – Les decía Francisco desde atrás ya que les había dejado pasar antes. Dos resguardos para ir a pagar al banco la tasa de la visa, de unos treinta dólares, más una cita para el siguiente lunes para recoger el pasaporte fue lo que les dio la ahora simpática china de la oficina. Francisco era el siguiente y le hubieran esperado a que saliera para tomarse un café y seguir con la charla sino hubiesen tenido que salir corriendo para coger el siguiente bus desde la estación Dragón que iba a Karkorin. Quedaron en que cuando volvieran por Ulan Bator, le darían un toque para tomarse ese café – “Podríamos quedar para que me hicierais una paella” – Dijo Francisco sonriendo, la idea no era mala pero ya lo hablarían a la vuelta.

Las prisas para llegar a los sitios era algo a lo que ya estaban acostumbrados, es más, aunque lo planearan con tiempo siempre les pasaba algo para tener que poner pies en polvorosa. Corriendo al hotel para recoger las mochilas, pedir un taxi y “volar” lentamente entre los atascos de la capital mongola para llegar justo a tiempo de coger el bus. Tal y como les aconsejó Jesús, se pusieron en contacto con Gaya, la dueña del Gaya´s Guest House. Les indicó claramente qué bus les llevaría, hasta les dijo el color, la marca y el modelo. También les dijo dónde se debían bajar y que ella les recogería en la misma parada.

Todo tenía buena pinta, Karkorin parecía un destino aún más interesante que Terelji pues fue la antigua capital del país, tenía unas cascadas que prometían ser impresionantes, un relajado templo budista y una anfitriona que les haría pasar, sin duda, unos días espectaculares llenos de experiencias que contar.

1 Comentario

  1. Sin comentarios… burocracia q me trae son gracia

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.