Una maraña de gente se agolpaba sobre la valla de las puertas de salida del aeropuerto de Domodedovo. Unos ansiosos por ver a sus seres queridos que llegaban, otros mostraban carteles con nombres y unos terceros se acercaban a cualquiera que tuviera pinta de despistado para ofrecerles su servicio de taxi tanto oficial como pirata. Tania y Juan salieron como un toro a una plaza, con los cuernos por delante para persuadir a los pesados taxistas y con lo que llamaron CTT en la mente: Cambio, Teléfono y Tren.

La oficina de cambio de moneda estaba al fondo. Era una pequeña estancia acristalada donde una mujer de unos cincuenta años, pelo corto, canoso y rizado leía una revista con las gafas en la punta de su redonda nariz. Un “Priviet” de Juan con una gran sonrisa, fue la manera de tratar de romper el hielo, pero no fue suficiente. La mujer ladeó ligeramente la cabeza hacia ellos levantando los ojos por encima de las gafas tanto, como si quisiera mirarse su propio cerebro y, casi sin mover los labios dijo: “Pasporrt”. Ante esa reacción tan amigable, le dieron el documento, los Euros a cambiar y en cuanto recibieron los Rublos, se marcharon.

Tras un stand pequeño y rojo, un hombre que chapurreaba inglés, que sonreía bastante y que tenía un ligero olor a Vodka estaba despachando tarjetas Sim para teléfonos. Les ofreció por diez euros (700 Rublos) una tarjeta de prepago para treinta días con llamadas e internet, la compraron, se la activó y continuaron.

Fueron siguiendo las indicaciones de los carteles del aeropuerto para llegar a las taquillas del tren que les llevaría, por bastante menos que un taxi y bastante más rápido que un bus, al centro de Moscú. Las mujeres de ventanilla no sabían inglés, de modo que con gestos ellos y escribiendo números en un papel ellas, consiguieron entenderse. El tren era muy nuevo, muy limpio y muy cómodo y encima tenía wifi, así que aprovecharon ambos para saber cómo llegar bien al hotel que habían reservado.

Puede parecer un tópico pero, los rusos, así a primeras, son muy serios y secos. Por otro lado, tampoco saben mucho inglés, por no decir que no saben y como es de esperar ni Tania ni Juan hablaban una palabra de ruso así que el entendimiento prometía ser divertido. Pero como no les parecía correcto estar en un país extranjero y no saber, al menos, unas palabras de cortesía en su idioma, estuvieron aprendiendo algunas de ellas unos días antes de partir… a decir verdad, las repasaron en el avión antes de aterrizar. De todas formas, los “buenos días”, el “hola” coloquial y formal, un “adiós”,  un “por favor”, las “gracias” y así un corto etcétera, sí que llegaron a aprenderlos en poco tiempo, aunque alguna vez se le escapase algún “Swarovski” en lugar del “Spasiva” (gracias), lo que generaba en ellos una risa espontánea y que les dedicasen una mirada fría los rusos.

Bajaron del tren del aeropuerto y, siguiendo a la masa, llegaron al metro. Adquirieron dos billetes en una máquina que tenía opción de idioma y pasando unos arcos de seguridad, se encaminaron, entre empujones, a una larguísima escalera mecánica que parecía bajar directamente al centro de la tierra.

 

 

 

 

El metro de Moscú es una atracción turística propia y las caras de asombro de Tania y Juan, lo decían todo. En cada viaje, en algún momento, se han sentido como Paco Martinez Soria llegando a la ciudad y ese fue el de este viaje.
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Habían mirado cómo llegar al hotel, sabían qué línea coger, en qué dirección y en qué parada debían bajarse, pero todos los nombres vistos en internet estaban escritos en alfabeto latino y todas las indicaciones estaban en cirílico por lo tanto, lo que habían visto, tan solo les daba una escasa idea de lo que era en realidad. Estaban en medio de una estación gigantesca, en un pasillo de mármol central enorme con arcos a ambos lados que daban paso a los andenes a los que a cada minuto llegaba un metro haciendo un sonido metálico ensordecedor con algún que otro chirrido estridente. Las personas salían desde todas las direcciones y hasta les dio la impresión que alguno caía del techo. Todos con caras serias que les miraban sin expresión alguna, casi nadie hablaba con nadie y todos seguían su camino a paso decidido. Juan pensó preguntar a alguien aunque no esperaba poderse entender con nadie pero, aún así, intentó encontrar la mirada de alguna persona a la que poder pedir información: “Juan, mira, vamos a ver esos carteles del andén”. Dijo Tania señalando a uno de los andenes. Miraron los carteles de ambos lados a ver si encontraban alguna similitud con la dirección que debían tomar, pero en ambos ponían lo mismo, tan sólo una flecha en un sentido y la otra en el otro sentido en el anden opuesto era la diferencia. Volvieron a un mapa de toda la red de metro y, entre unas cosas, otras, las flechas de los andenes y la raíz cuadrada de Pi, consiguieron descifrar algunas paradas y cogieron el metro que iba… en sentido contrario al que querían ir. Menos mal que se dieron cuenta a la siguiente estación, dieron la vuelta y no se volvieron a confundir durante el tiempo que estuvieron en la capital rusa.

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Los vagones no eran ni tan opulentos, ni tan bonitos y ni tan cuidados como lo eran las estaciones que los precedían. Eran viejos, ruidosos, de colores apagados y daba la sensación de que en cualquier momento iba a salir un vampiro, un fantasma o algún ser del Averno a llevárselos a las profundidades para la eternidad. Pero nada de eso ocurrió y llegaron a su destino en un periquete porque, el metro de Moscú, es lo que podemos resumir en BRB Bueno, Rápido y Barato.

Llegaron al hotel. La verja de la entrada estaba rodeada de hiedra y ésta, la verja, daba paso a un parking con un jardín amplio detrás, un restaurante a mano izquierda y, a su lado, la entrada al hotel. La recepción estaba cuidada pero les dio la impresión de estar demasiado recargada. La cosa iba desde un piano pintado de blanco a brocha gorda, a unos acuarios con unos pequeños camarones. Allí, sentado en una silla en frente de una mesa, un hombre que para nada parecía ruso (media estatura, moreno de piel y de rasgos suaves), les daba la bienvenida en un inglés particular.

La noche les había caído encima y estaban cansados con tanto trajín, cenaron algo en el restaurante de al lado y se fueron a dormir pronto.

El desayuno, que estaba incluido, se lo tomaron en la cafetería del hotel que se encontraba bajando unas escaleras irregulares y pequeñas que daban paso a una tétrica sala con sofás y mesas bajas a la derecha, en el medio una mesa larga, alta y estrecha con una cadena enrollada a la mitad y anclada al suelo que parecía un potro de tortura y a la izquierda una barra de bar repleta de botellas de todo tipo de alcohol, velas fundidas de color negro, una calavera, una cruz de madera que colgaba en la pared y al fondo, una guitarra y un piano mellado. Asombrados y encantados se acomodaron en los sofás para degustar su desayuno que, aunque no les trajeron exactamente lo que habían pedido, tampoco les importó, cuando hay hambre…

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Andando por las calles de camino al centro de Moscú, les llamó la atención no ver a mucha gente y con los que se cruzaban todos tenían unos rostros inexpresivos, andaban como máquinas y no parecían interactuar mucho entre ellos incluso cuando iban en pareja o grupos.

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En un momento dado llegaron a una gran avenida, más que grande, enorme, donde un par de personas mayores habían puesto unas mantas en el suelo en las que vendían, un sin fin de pins, chapas y libros, todo ello de antaño, de antes de la guerra fría, de cuando el comunismo estaba en alza, de cuando la URSS lucía sus insignias con orgullo, de un tiempo en el que eran algo que ahora parecían haber olvidado.

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Pasaron por un parque en medio de un cruce descomunal donde, de repente, una risa, como forzada, llamó su atención. Venía de un hombre que iba con otro y ambos se giraban para mirarles con la mirada perdida. Se cruzaron también con dos mujeres, con sus dos carritos y con sus dos críos incluidos que andaban mirando al frente. Todo parecía como un escenario, como puestos ahí adrede, al igual que los grandiosos edificios que se alzaban alrededor de ellos observándoles, vigilándoles, controlándoles y justo al lado del edificio de la KGB.

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Era una rara sensación, como si estuvieran dentro del libro 1984, como si todo tuviera que estar controlado y estudiado para parecer que todo iba bien. Al llegar a una esquina del parque, antes de meterse en un paso subterráneo para ir al otro lado de la gran carretera de cinco carriles que cruzaba por medio de la ciudad, vieron a una indigente con gorro y abrigo pese al calor, que parecía estar haciendo inventario de las pertenencias que pudiera tener en tres grandes bolsas y que ni se percató de la presencia de ellos.

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Al otro lado de la avenida, la cosa empezó a cambiar. Se metieron por una calle peatonal que empezaba a tener movimiento de gente. La calle estaba decorada con arcos de flores y las personas entraban y salían de un centenar de tiendas, de tiendas caras, de tiendas capitalistas, de escaparates de grandes ventanales donde se exibía mucho lujo y ostentosidad y entre un par de esos escaparates, la cara de Lenin, tallada en una placa de hierro, asomaba con rostro serio. Todo esto les llamó la atención pero es un error muy común, siempre se asocia Rusia al comunismo pero hace mucho que dejó de serlo.

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Anduvieron unos metros más y al girar una esquina una plaza gigantesca se les presentaba ante sus ojos y, a la izquierda, se levantaba la muralla del Kremlin y la entrada a la Plaza Roja.

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El nombre de La Plaza Roja, por muy acostumbrados que estemos a oírla nombrar, no se llama así porque los edificios que la colindan tengan ese color, ni porque sea el color del comunismo, sino que deriva de la palabra rusa “Krásnaya”, que hoy en día significa rojo, pero que antiguamente quería decir bonita; por lo tanto era llamada “La Plaza Bonita“.

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Se pusieron a la cola para pasar el arco de seguridad de la entrada de la Resurrección, la más concurrida. Nada más entrar, la vista no era como tantas veces habían visto en las películas. Justo esa semana se celebraba un festival de música militar y de cine ruso, por lo que la plaza estaba anegada de turistas y de casetas de venta de productos típicos del país.

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En medio del lugar habían levantado unas gradas que ocupaban casi la mitad de la plaza y todo estaba vallado y no se podía acceder y ni casi ver el Mausoleo de Lennin. Detrás de las gradas asomaba tímidamente la Catedral de San Basilio con sus colores y sus formas tan especiales. Ante la “rabia” de no poder verlo en su plenitud, no quedaba otra que seguir viendo lo que se pudiera, como la Catedral Kazán.

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Era una catedral bien pequeña que estaba a la izquierda de la entrada y fue construida en 1612 y tiempo después fue destruida por ordenes de Stalin pues quiso eliminar las iglesias de la ciudad, por suerte, la de San Basilio la conservó.

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La Catedral de San Basilio fue mandada a construir por el Zar Iván el Terrible quien, según se dice, dejó ciego al arquitecto para que no pudiera hacer otra que la superase. “Parece hecha de gominolas” decía Juan mientras no para de tirar fotos a diestra y siniestra.

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Aunque San Basilio no era especialmente grande, tardaron cerca de una hora en dar la vuelta por completo pues, a cada vistazo, descubrían un detalle nuevo que les hacía pararse un rato.

En frente de la Iglesia, mirando al sur, un puente de ocho carriles cruzaba el río Moscova y tenía toda la pinta de ofrecer unas vistas panorámicas espectaculares y como la cola para entrar a la Catedral era interminable, decidieron pasar de esperar e ir a ver otras cosas, como el Kremlin desde el puente, la Catedral del Salvador y, sobre todo algún restaurante para comer.

 

 

 

Otra cosa que se suele pensar al ir a Moscú es que tiene que hacer mucho frío, por suerte para ellos no fue así. El sol, desde primeras horas de la mañana, apretaba con fuerza y al llegar al puente, sin una sombra, el sol empezaba a picar pero, aún así, disfrutaron de unas vistas muy bonitas del Kremlin y la Plaza Roja.

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Raro es que decidan coger un transporte público si pueden llegar andando a su destino, a no ser que estén muy cansados, y la Catedral del Salvador no parecía estar muy lejos de donde se hallaban. Al otro lado del río, una calle en sombra parecía el mejor camino para ir.

 

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Por el lado en el que se encontraban, la calle estaba al sol, llena de coches y cubierta de polvo por unas obras que estaban haciendo. Aunque fueron por la sombra, no pudieron evadirse de tragar algo de polvo y arena de otras obras que también había en esa orilla y, es que toda la capital estaba de reformas. “Será que aprovechan el buen tiempo para hacer mantenimiento de la ciudad, porque ponte a hacerlas con la calles llenas de nieve” pensaron.

Llegaron muertos de sed a un parque justo al lado de la Catedral y se refrescaron en el carrito con sombrilla incluida en el que una mujer mayor vendía todo tipo de refrigerios.

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La Catedral, ortodoxa, fue construida, al igual que otros tantos templos en Moscú, para celebrar una victoria bélica rusa, en este caso, la expulsión de los franceses del país. Tiempo después, con la llegada de Stalin, la Catedral también fue reducida a escombros como la Catedral de Kazán, pero ésta, para construir en su lugar el Palacio de los Soviets. Palacio que nunca se construyó por el desbordamiento del río Moscova, problemas económicos y el estallido de la Segunda Guerra Mundial. Finalmente, en la década de los noventa, se volvió a construir la Catedral como la original.

Era realmente bonita, con las cúpulas doradas resplandecientes por el sol, el banco de sus paredes les hacía entrecerrar los ojos por la claridad que reflejaban.

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Vieron que a la entrada, las mujeres se tapaban la cabeza con un pañuelo y pensaron que no iban a poder pasar porque Tania no tenía con qué cubrirse. Lo curioso fue que no les dejaron pasar pues Juan iba con pantalón corto, de modo que decidieron pasear por los alrededores y continuaron su camino dejando el interior para otro momento.

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Poco a poco, fueron “descifrando” algo de cirílico. Viendo una “S” donde ponían una “C”, una “R” en su “P”… y en un momento dado, Tania, al ver de lejos un cartel que ponía “супермаркет”, dijo alegremente: “¡Juan, ahí pone SuperMarket!”. Contentos por haber encontrado uno, pasaron a por algo que les apetecía mucho, fruta. Unas ciruelas, unas uvas, agua y unas galletitas fue su compra. Tras pagar a un chaval muy mateje, alto, delgado, que sonreía mucho y que no tenía un diente en su lugar, se dispusieron a degustar esas ciruelas con tan buena pinta, tan frescas y tan… ácidas. Todas estaban muy ácidas, hasta a Tania se le puso cara de Fary mirando al sol de lo ácidas que estaban y eso que ella, lo ácido, lo soporta bien.

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Tras comer en un lugar de comidas para llevar que cobraban al peso, pasearon por una calle típica, de las más antiguas y con más vida de la ciudad, la conocida como Arbat.

 

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Cerca de un kilómetro de una calle pintoresca por la que se encontraron numerosos restaurantes, gente que iba y que venía, comerciantes y artistas, un muro llamado de la Paz, donde una artista americana quiso que todo el que pasase por allí, de niños a ancianos, dibujase en ella algo relacionado con la paz mundial y que cayó en el olvido convirtiéndose en un muro para grafitis, aunque aún se conserva.

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Otra parte muy conocida de esta calle es justamente donde acaba, en el Ministerio de Asuntos Exteriores,

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que es uno de los conocido como “Las Siete Hermanas de Stalin” (siete edificios, dispersos por la ciudad, de estilo barroco ruso y gótico en conmemoración del VIII centenario de la ciudad que mandó construir Stalin y que tenían que haber sido ocho pero el Palacio de los Soviets no se llegó a edificar como antes comenté) y que les dejó con la boca abierta de lo enorme e imponente que era.

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Llevaban todo el día andando de un lado para otro y el cansancio se empezaba a notar pero siguieron un tiempo más gastando zapatilla y se volvieron a encontrar cruzando el río por un puente también muy grande pero bastante lejos de donde lo habían cruzado con anterioridad y aún más lejos del hotel.

Siguieron y siguieron, un centro comercial al lado de una estación de tren, un puente peatonal de nuevo para cruzar el Moscova, se cruzaron con unas cuantas parejas recién casadas por esa zona y al poco se toparon con una especie de juzgado destinado a ello.

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Cuando ya las fuerzas empezaron a flaquear y el caminar se volvía inercia pura, decidieron volver a casa y el metro fue la mejor opción. Los pies se movían solos, las escaleras se hacían eternas y menos mal que eran mecánicas.

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Cuando salieron del metro, la noche había invadido las calles y las luces de los edificios y las farolas hacían de Moscú una ciudad totalmente diferente. Pasaron de nuevo al lado del edificio de la KGB y se encontraron, en el mismo sitio, con la misma indigente que vieron por la mañana y que parecía seguir haciendo inventario de las cosas que tenía en sus tres bolsas.

Tumbados en la cama después de una reconfortante ducha, poco tardaron en caer en brazos de Morfeo. Al día siguiente les esperaba otro largo día.