“Oreeeeee” – Dijo Tania a la mañana siguiente para despertar a Juan. Este estaba bastante tocado de la garganta pero ni eso pudo evitar que se riera con la gracia con la que le había despertado. Trató de imitar al famoso Chamán Noel Hutt pero forzó más de lo recomendado la garganta y tosió un par de veces. – “He pasado una noche de mierda” – Decía Juan tras las risas y con dolor de garganta. – “Ya, y yo he estado toda la noche moqueando, pero al menos ya he recuperado la voz” – Se alegraba Tania a la vez que hacía gorgoritos.  – “¿Qué hacemos hoy entonces?” – Preguntó ella después de un do de pecho; a lo que él respondió – “Nos podemos tomar el día un poco de relax y vamos a ver el Monasterio ese Eugene Zulú” – “Monasterio de Erdene Zuu, pavo” – Le corrigió Tania riéndose.

El Monasterio de Erdene Zuu fue el primer monasterio budista construido en Mongolia con la finalidad de introducirlo el budismo en el país. Estaba limitado por una larga muralla con ciento ocho estupas construidas a lo largo de esta. Número sagrado en el budismo pudiéndolo encontrar en diversos símbolos de esta religión, como en la cuentas de los rosarios con los que los budistas rezan repitiendo una oración por cada cuenta.

Hacía frío pese al sol cuando salieron. Desde la Guesthouse de Gaya se veía a lo lejos el amurallado monasterio. El camino hasta allí transcurría por una polvorosa y larga carretera. – “Qué vuelta más tonta da esta carretera para llegar, mejor acortamos por allí” – Dijo Tania señalando a un árido campo sin un camino visible. Ella siempre buscaba el camino más corto para llegar a los sitios y, dado que, de repente, empezó a soplar un viento que levantó todo el polvo que pudo de la carretera, dejaron ese y se fueron campo a través que no parecía ni tan complicado ni tan polvoriento.

Si hay una cosa que no le gustaba nada a Tania, eran los perros y, menos aún, cuando en Mongolia tienen fama de ser algo peligrosos. – “Los más agresivos son los que pertenecen a algún Ger y suelen atacar si te acercas…” – Les había dicho Francisco, el cura que conocieron en la embajada de China. – “… a una compañera le mordieron y estuvo fastidiada de la rabia y, Mongolia, no es un buen país para tener problemas de salud, así que tened cuidado con ellos” – Les acabó aconsejando Francisco antes de despedirse de ellos en Ulan Bator.

Llegaron pues a una carretera principal mal asfaltada, el monasterio estaba cada vez más cerca pero aún quedaba un trecho. Cruzaron al lado de una gasolinera y de ella salió un perro a su encuentro. – “Juan, se acerca un perro asqueroso…” – Informaba Tania temerosa. La verdad es que el perro no tenía muy buena pinta. No era precisamente pequeño, no tenía cara de buenos amigos y no parecía estar muy sano, de hecho, tenía pinta de ser portador de siete tipos de rabia, sarna y vete tú a saber que cosas más. “…y siempre vienen a mí”- ;  – “Tania, huelen tu miedo y por eso van tras de ti, pero no le hagas ni caso, como si no estuviera y verás cómo se va” – Le aconsejaba Juan. El perro no dejaba de seguirles con un incesante trote y cada vez estaba más cerca. De repente, de un lado de la carretera, otro perro que yacía enroscado en el suelo, al verles pasar levantó la cabeza, se estiró con tranquilidad y también se puso a seguirles hasta que llegó “siete rabias” a su altura. Ambos se miraron. “Siete rabias” tenía la cabeza altiva y miraba al nuevo con superioridad. Sin quitarle el ojo de encima, con una de las patas traseras, se rascó compulsivamente una parte del lomo con una calva rojiza. En un visto y no visto, ambos se enzarzaron en una agresiva disputa entre ladridos y dentelladas que se lanzaban a diestro y siniestro hasta que, el nuevo, con el rabo entre las piernas y las orejas gachas, ponía patas en polvorosa mientras miraba hacia atrás con miedo . Tania y Juan, vieron la escena sin dejar de andar y se miraban con los ojos como platos ante la mala leche de “siete rabias” pero, cuando terminó la pelea, el vencedor, miraba como ellos se alejaban y decidió darse la vuelta y volver a su gasolinera.

Delante de la entrada del monasterio, una tira larga de casetas hechas con cuatro maderas y dos planchas metálicas, hacían de tiendas de souvenirs, pero la mayor parte de ellas estaban cerradas y las que estaban abiertas estaban vacías. Estaba todo dispuesto para la llegada del turista, hasta una pobre águila atada a un  pequeño poste de madera que miraba con pocas esperanzas un cielo por el que volar en libertad, y que, sin duda, sería una buena atracción turística. Pero ese día, ni el águila posaría para la foto con sus garras en el brazo enguantado de algún turista creyéndose un cazador mongol, ni se venderían muchos souvenirs en los puestos. Tan solo un puñado de gente merodeaba por la zona y la mayor parte de ellos eran mongoles que se adentraban en el monasterio para rezar.

La enorme, cerrada y roja puerta de entrada que se levantaba ante ellos, no daba la mayor impresión de que el lugar estuviera abierto, pero una pequeña puerta dentro de la grande se abrió para que salieran un par de personas.

En cuanto Tania y Juan hubieron cruzado el umbral, la atmósfera del lugar cambió, pareció como si hubieran viajado atrás en el tiempo.

Daba la impresión de que todo estaba como en los tiempos dorados de Mongolia.

Se respiraba, tranquilidad y no había un ruido más fuerte el que sonido del viento que hacía bailar a su son a las altas espigas dispersas por todo el terreno.

Dentro de las murallas, una extensa planicie albergaba unas cuantas edificaciones de diversos tipos arquitectónicos.

La china, presente en la forma de los techos de los tres templos principales; la hindú, claramente representada en unas cuantas estupas; la mongola, con estructuras angulares y geométricas…

De todos los templos, tan sólo uno, el llamado Laviran, continúa siendo centro de rezo para una pequeña comunidad de monjes budistas. Los grandes templos que aguantaron el paso del tiempo representan cada uno a las etapas de la vida de Buda; infancia, adolescencia y edad adulta.

Pasearon por los templos casi sin hablar, dejándose llevar por uno u otro lado, haciendo girar una gran rueda de plegarias budista,

pasando por el museo donde vieron lo que había llegado a ser el imperio de Ginggis Khan y aquel monasterio,

Tankas, papiros, escritos…todo, bien conservado tras unos cristales.

Disfrutaron de cada edificio, de cada rincón, de cada detalle de los templos, de los colores de los mismos y el contraste con ese cielo que tanto le llamaba la atención por su pureza, adornado con unas nubes que corrían rápidamente sobre sus cabezas debido a la fuerte brisa que traía consigo frío del norte.

Pese a ser un viento tan fresco y molesto en cualquier otra circunstancia, allí, entre los templos, no parecía molestarles mucho.     – “¿Qué música es esa?” – Le susurró Tania. – “Viene del templo de los monjes, estarán rezando” – Contestó Juan. Como hechizados por los cánticos de los monjes, se adentraron tras la valla de maderas que cercaba el templo.

Observaron a varios anacoretas que iban de camino al templo mientras bromeando y jugando a intentarse tirar al suelo sin que ninguno de ellos cayese realmente.

Quietos, mirando a través de la puerta de la estancia principal, observaron como unos pocos de ellos rezaban sentados en sus bancos, unos en frente de otros, todos en el mismo tono adormecedor que les meció como en una cuna hasta que sus tripas empezaron a rugir, volvieron en sí y se encaminaron a la salida sacando de sus mochilas un par de plátanos que saciaron, momentáneamente, su hambre.

Una vez fuera, el frío se hizo más intenso o, por lo menos, fueron conscientes de él, ya fuera porque dentro, la muralla les azocaba un poco, o porque estuvieron ensimismados con la magia del lugar. Sea como fuere, cuando se pusieron en marcha en dirección al pueblo para encontrar un lugar para comer, a los pocos metros, el frío se les empezaba a colar hasta los huesos. Un coche apareció tras de ellos en su misma dirección. – “¡Mierda! nos vamos a comer todo el polvo del coche” – Pensó Juan. Afortunadamente el automóvil paró a su altura y el viento cambió llevándose la polvareda en otra dirección pero esta vez les daba de cara. La conductora, bajó la ventanilla del copiloto, les hizo gestos para que subieran, que hacía mucho frío y así lo hicieron. De nuevo con gestos, les señaló a los dos y señaló hacia el pueblo. – “Nos está preguntando que adonde vamos ¿no?” – Comentó Tania desde el asiento trasero y, seguidamente, dijo el nombre del restaurante al que pretendían ir.

Cinco minutos más tarde, la mujer les dejaba donde a ella le vino en gana pues no pareció conocer el restaurante o no se hicieron entender bien.

Tras dar un poco de vuelta, dieron con él y comieron.

Un poco más tarde pasearon por los puestos del mercado hechos de contenedores de barco y algún que otro vagón de tren reutilizado y cuando empezaron a no sentir las manos por el frío, volvieron a la guest house.

En el camino hacia su alojamiento, de nuevo un coche paró a su lado. Esta vez era Gaya que iba para allá también, así que no tuvieron que caminar mucho más de lo ya caminado.

La noche cayó de nuevo y los grados también, lo que hizo que el ducharse fuera un pequeño suplicio que solventaron después con una buena taza de agua caliente con jengibre, miel y limón.

Todos los que el día anterior habían asistido al festival chamánico se habían marchado por la mañana dejando el hostal vacío pero, a la noche, el salón ya tenía caras nuevas, de las cuales, una, les llamó la atención; uno que hablaba con otras dos personas. Se trataba de un hombre de más de cincuenta y cinco años, grande y bastante grueso, de pelo corto rubio canoso, con los ojos de un azul muy claro. A priori pasaba por alemán, pero al hablar, despistaba. No tenía acento germánico y, a pesar de tener un inglés perfecto con una muy buena dicción, no parecía británico, al contrario que la mujer, de la misma edad que él, con la que estaba hablando, cuyo acento, claramente definido, era inglés. El tercero de ellos, era un chico muy menudo, delgado, bajito y joven – “No es tan joven, Juan…” – Comentaba Tania en un tono casi inaudible – “… lo que sí que es, es francés” – Continuaba ella. Y realmente lo era, de eso, no cabía la menor duda. Con la infusión en las manos Juan y el móvil en las de Tania, planeaban lo que querían ir a ver al día siguiente sin dejar una oreja puesta en la conversación del trío para tratar de averiguar la nacionalidad del misterioso hombre. -“Perdonad, son ustedes espanioles” – De la boca del falso alemán salieron unas palabras en español, con un acento que lo delató al instante y que les sorprendió mucho. Se llamaba Esteban, era argentino, de ascendencia irlandesa, hablaba siete idiomas, colaboraba en una radio anglo-argentina contando sus experiencias viajando por los ciento cincuenta países en los que había estado, dado que también trabajaba como guía turístico por todo el globo y que resultó ser un hombre muy interesante con muy buena conversación, al igual que su acompañante, Katherin. La charla que mantuvieron con Esteban se alargó un poco – ” Se está haciendo un poco tarde ¿qué cosa van a hacer mañana?” – Preguntaba Estaban – “Pensábamos ir a ver la cascada del valle de Orkhon” – Respondió Tania en vista de que Juan estaba más dormido que despierto. – “Nosotros también pensábamos ir, si quieren vamos junto los cinco” –  Y así, quedaron para ir al día siguiente a ver el “Orkhon Valley National” y su espectacular cascada. Se lo dijeron a Gaya, que aún andaba por ahí y concretaron en que su hermano, les llevaría a ver lo que querían ver.

El cuarto estaba frío y las sábanas también cuando se metieron entre ellas. La cabeza a Juan le daba vueltas y le daban algunos escalofríos. – “No tienes fiebre así que no te preocupes más de lo normal” – Decía Tania tocándole la frente. – “Tengo un frío Tania…” – “Yo te caliento, durmamos y verás como mañana estás mejor” –  Se abrazaron para tratar de entrar en calor lo más pronto posible y en menos de lo que canta un gallo, ambos cayeron dormidos.